
Freud señaló: el compromiso histérico tiende a la intensidad excesiva, a la delimitación exacta, a la disociación de aspectos inseparables, de una función. La histeria así, es, antes que nada, proteiforme. Imita la vida toda. Está a medio camino entre la salud y la enfermedad. Uno nunca sabe si está delante de una mala actriz o de una actriz con mala fé. Digamos que la histeria es el teatro del cual el actor no está totalmente enterado. Busca ganar aprecio, busca recibir un mensaje de vuelta, está dirigido siempre a un espectador. El cuerpo es su escenario, la mente vuelta cuerpo. En total es una súplica pero una súplica rabiosa o una súplica culpable. Es el gesto que desea y al mismo tiempo se castiga por ese deseo. Su signo dice: soy falso: y sin embargo es verdadero. Es el territorio de la ficción y está directamente relacionado con el arte. No todo arte es histérico pero toda histeria es arte. De la seducción, de partida. De la conquista del deseo del otro. Al mismo tiempo, culposo, daré las pistas de lo espúreo de su afán. No soy el que tú crees que soy pero me muero por serio. Su fuerza es el conflicto. Sobre la histeria se sostiene toda la trama aristotélica del psicoanálisis. Dueños (o prisioneros) del símbolo, los histéricos son la mirada ausente pero anhelante, una suerte de campana coqueta, no siempre son ruidosos, sólo que su silencio, siempre, será teatral, en el peor y el mejor sentido del término. Lo importante es el efecto. No dejar indiferente. Conmover.
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